Actitudes Familiares Deprimentes

actitudes familiares deprimentes

Nos tomaría casi que la escritura de un libro enorme el poder detallar las actitudes familiares deprimentes de hoy en día y aún así, nos quedaríamos cortos.

Pero los ejes siempre son la falta de control y equidad en el actuar de los padres, que exageran la disciplina y las actitudes de regaño o son demasiado permisivos y blandengues. No permiten a sus hijos fracasar o tener éxitos y tampoco les enseñan las posibilidades que puede haber en cada caso al cual se atrevan (tomar previsiones).

Otra de las actitudes familiares deprimentes es el deseo de los jóvenes de tener el control del todo y no afrontar ninguna consecuencia, desesperándose luego por no saber resolver.

Una de las más reprochables se ha planteado miles de veces en la televisión, como mal ejemplo por cierto: No decirles a los padres las cosas buenas o malas que les están sucediendo, sino asumir todo sobre sus hombros hasta que es muy tarde. Entristece saber que el miedo e inseguridad acrecienten un problema que se pudo resolver a tiempo en familia, sea porque los padres reaccionen mal o porque los hijos así lo piensen.

Claramente los castigos físicos o de acciones son bastante incómodos, algunos, reprochables (no seamos generación de cristal ni guiados por leyes fatuas y psicólogos de pacotilla); pero es mejor compartir un problema, duda, evento con tus padres, para concertar acciones a tomar. Y los padres no deberían cerrarse del todo (salvo a lo peligroso u ominoso), para que los hijos no vayan creando brechas entre ambos.

Las actitudes familiares deprimentes se encuentran en el desdén y desparpajo con las que cualquier miembro de la familia trata a los demás, a los animales, al entorno. Desde ensuciar, hacer ruido, desperdiciar, mostrarse al desnudo, insultar, burlarse, intimidar con fuerza física o de objetos letales o contundentes o amenazas con grupos de poder.

A esa gente se le debe denunciar anónimamente para que sea investigada y corregida por las autoridades, no por las fuerzas vecinales a menos que se suceda un evento desafortunado en las que hay que intervenir en caliente. Ya hay leyes y normas para solicitar control o ser multados por atentar contra el pudor y las normas cívicas más elementales, sólo se debe denunciar con sustento.

Hablar mal de la familia o a la familia, es de los mayores daños que se puede hacer, por eso se dice que es el paso directo a la ruina. Es francamente deprimente y desilusiona que entre hermanos se ataquen, que las suegras hablen mal de sus yernos, que las esposas siembren cizaña a sus hijos sobre el padre -presente o ausente-, e igual a la visconversa. De esas actitudes familiares deprimentes, aléjame Dios.

Por último, deprime que no se celebren los triunfos de cada miembro de la familia y se aliente a ir con mesura al siguiente nivel. Un festejo humilde por una tarea bien hecha, sea su deber en el hogar directamente o no. Porque esos momentos son los que unen y estimulan a la hermandad, a quererse, confiar, saber que se cuenta con cada uno y que hay estímulo para proseguir en todo aquello que su personalidad sea feliz y próspera.

Aunque sea poco reflejo dicho a la premisa que nos une (actitudes familiares deprimentes), cada quien sabrá librarse del mal o de la exageración del buenismo, recordando que la familia es la base de la sociedad y, por ende, debe ser equilibrada, firme, justa y soportar estoicamente el peso de lo malo para mostrar su fuerza de unidad y hacer que lo bueno, sea el peso dominante y que guíe y rija nuestra existencia, de manera individual como grupal dentro y fuera del hogar.

Lcdo. Argenis Serrano 

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