Un
profesor de inglés que tuve en el liceo, en una conversación informal nos dejó a
varios compañeros una gran enseñanza que se mantiene viva; él decía que:
“En la televisión, cuando hay un fallo,
nos dicen `pedimos disculpas’, cuando lo debido es decir, ‘presentamos nuestras
disculpas’, ya que es el público (o la contraparte), quien debe decidir sí
aceptarlas y otorgarlas o de plano, negarlas”.
Hasta
el sol de hoy me ha parecido una de las enseñanzas más útiles para la vida
social. Por eso cuando me equivoco, le presento mis disculpas a la persona
afectada, para que ésta decida sí me dispensa del error o no.
Y
es que eso de “te pido que me disculpes”, es una forma suplicante o suerte de
forma de conminar a la otra persona que tiene sí o sí que disculparte, pero, ¿Y
sí no has hecho méritos para ello?, le exiges soterradamente a la persona que
te disculpe y sí no lo hace, volteas la situación y te victimizas.
Es
por eso que el presentar disculpas es mucho mejor y pone a la contraparte a
sopesar los hechos, evaluar tu actitud decidida a enmendar los errores y a
hacer “tabula rasa” de manera tajante, para que no queden resquemores ni
detalles que puedan ser utilizados a futuro.
Entre
los miembros de la familia, el presentar disculpas es una tarea muchas veces
titánica, ya que el padre de familia y cabeza del hogar, cree que al presentar
disculpas a su esposa, hijos u otros familiares dentro de casa, está lanzándoles
su autoridad a los perros y siendo débil.
Pero
no, la nobleza de reconocer un error y tratar a los demás como personas, seres
humanos, sus iguales incluso entre las jerarquías, demuestra su liderazgo,
pundonor y brinda el mejor de los ejemplos, además de permitirle razonar la
situación más en frío, aunque actúe en caliente, evitando así regaños, gritos y
demás que no venían al caso, pero el orgullo de no presentar disculpas, imperó.
Caso
similar con las madres; especialmente esas que siempre desean tener la última
palabra y a las cuales les cuesta mucho disculparse ante los hijos y se sienten
vulnerables sí deben hacerlo con su marido. A ellas, como a todos, toca
recordarles que las disculpas son rectificación y reconocimiento de los
derechos de los demás, además de hacerles ver que respetas su decencia,
inteligencia y libre albedrío.
Los
hijos deben aprender a presentar sus disculpas para así aminorar el temor al
regaño y/o castigo físico y a sufrir por las consecuencias de sus actos
voluntarios, involuntarios o en el que han caído por culpa de terceros. Para
que no se rompa la comunicación y confianza en el hogar, hay que perderle por
completo el miedo a presentar disculpas y actuar en pro de enmendar el error
confiando en la ayuda de los adultos. Ese es el deber ser y se entiende.
Abuelas
y abuelos son propensos a no presentar disculpas y no sólo es lo generacional,
sino por el miedo a que les noten débiles o sean víctimas de un alejamiento
social dentro del mismo núcleo familiar. Por eso se escudan en la fase rabiosa,
mal encarada o necia. Todo se suavizaría sí dicen lo que no saben, entienden o
no le salen. Hay que recordarles, que la tecnología –ejemplo común-, no siempre
es fácil para todos, pero con intuición, se puede solventar; así que sí no
manejaron bien algo y se les averió o no quieren volverlo a tocar por miedo a
dañarlo, lo mejor es presentar disculpas por los resquemores y, entre todos en
el hogar, enseñarles y aprender junto a ellos.
Cuando
presentamos nuestras disculpas en casa, es más fácil hacerlo en la vida social,
sea cual sea la edad de nuestra contraparte; es un caso de dignidad humana que viene
desde la concepción y se fortalece apenas hay capacidad para discernir entre el
bien y el mal y se afloran lo sentimientos junto a los saberes.
El
orgullo mal administrado, termina acrecentando los problemas y separando a
quienes se quieren. Muchos amores se han extinguido porque la gente pasó de
culpable a victimaria o a victimizarse, por el mero hecho de no querer
disculparse.

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