El radical título
de este artículo es un proverbio caraqueño que es muy popular entre mi familia
materna, que reside en Caracas, capital de Venezuela. Siempre nos criaron con
eso de que el que no toma sopa se muere temblando, para que tomáramos la sopa,
algo innecesario porque todos éramos -y somos todavía- de buen comer.
Y es que una
sopa como plato único o principal, fuera de verduras, granos (caraotas,
frijoles rojos, frijol blanco, caraotas blancas), de pollo, costilla, rabo,
gallina e incluso las sopas con fideos Maggi o Knorr, nos daban la alegría o preámbulo
a cualquier plato fuerte.
Al menos
para los venezolanos, la sopa es una rutina casi que natural, pero muchos
profesionales u oficiantes que están de lunes a sábado laborando fuertemente,
no siempre tienen chance de disfrutar una buena sopa de almuerzo o cena y la
van posponiendo para los días domingos, cuando van a los mercados populares u
orillas de calle o al pie de edificio o terrenos cercanos a casas particulares
a disfrutar de un mondongo, “cruzao” (pollo con carne y/o pescado), sopas de
costilla en porciones generosas con un papelón con limón y luego a caminar un
poco y terminar con una siesta.
Cuando mis
amigos me decían que se iban del país, mí manera de decirles que se cuidaran y
a la vez desearles lo mejor, era recordarles “trata de tomar sopa lo más
frecuente posible, aunque sea un consomé o un caldito de sopa de pollo de sobre”.
Porque eso ayuda a asentar el estómago. Por igual se lo digo a las madres y
demás amigos.
En casa, mi
papá procuraba que de lunes a sábado hubiese sopa antes del plato fuerte del
almuerzo. Los domingos mi mamá cocina poco, así que había que guardar sopa y
recalentarla sí uno quería tomarla. O sea, lo hacíamos a la inversa de otros
profesionales y demás trabajadores.
Quizá sea
verdad eso de que el que no toma sopa se muere temblando, ya que la misma
ofrece la hidratación más eficiente al ser mayoritariamente líquida, por lo que
contribuye significativamente a cubrir los requerimientos diarios de agua y
electrolitos (mejor que un Gatorade o Powerade).
Es el alimento de más fácil
digestión (hasta el mondongo), porque el proceso de cocción ablanda las fibras
de los vegetales y las proteínas, facilitando el trabajo del sistema digestivo.
Aporta nutrientes que nos permiten
aprovechar las vitaminas y minerales que suelen perderse en el agua de cocción
de otros platillos.
Y crean un efecto saciante por su volumen
y temperatura que ayudan a controlar el apetito, promoviendo una ingesta
calórica más equilibrada en la comida principal. En ocasiones la gente repite
sopa porque ella sola no les sacia o se borra el “efecto” antes, pero aunque un
poco halado hacia la gula, sigue siendo sano sí no se exagera.
El que no toma sopa se muere temblando
Leyendo el diccionario en mí
juventud descubrí que esto de que el que no toma sopa se muere temblando es
quizá por lo débil (en la concepción popular y porque se pierden las vitaminas),
pero aprendí que la sopa es la mejor defensa contra el bocio y afecciones
relacionadas con la sequedad.
La sopa es el vehículo ideal para
el consumo de sal yodada y alimentos del mar (como algas o pescados) que
permiten prevenir el bocio causado por la deficiencia de yodo.
Asimismo, para personas con
tendencia a la sequedad (xerostomía o boca seca, o xeroftalmia), la
consistencia líquida y el aporte de vitamina A de vegetales como la zanahoria o
la auyama ayudan a mantener las mucosas lubricadas y protegidas.
Por eso, para que no mueran
temblando de debilidad y mejoren su sistema digestivo, hagan su sopa y se la
llevan en un termo al trabajo y se la toman antes del plato fuerte. Quizá les
agarre un poco la famosa “hora del burro”, por el triptófano, pero el cuerpo se
los agradecerá y la mente estará más apaciguada, ya que un líquido tibio amansa
las tensiones propias de un ambiente laboral.
Y así como les hacen sus cremas a
los niños, háganse las suyas. Quien no se cuida a sí mismo, ¿Cómo va a velar
por las personas que quiere y a tenerlas sin preocupación alguna?

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